Ingrese con estilo, con un cierto glamour de modelo afrancesada para despistar a los alchólicos anónimos que merodeaban mis medias rojizas que estaban semicocidas en un extremo de mis estrechas caderas. En esa época las monedas eran escasas, así como una prostituta peliroja lo era en la esquina de una Cátedral de Damasco. Senté mi trasero finamente en la última banquilla frente a una ventana para vaciar parte del humo de mi cigarrera de tono plateado que trasportaba cuando quería de alguna manera llamar la atención. Todos fijaban su vista en mis medias, como si en ellas hubiese algo subliminar,
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